La prohibición total en redes sociales reduce el síntoma sin trabajar la causa. La alternativa preferible es una alfabetización digital sostenida: criterio para publicar, hábitos que protejan el descanso y protocolos claros ante riesgos. En el ecosistema actual, las redes cumplen una función de infraestructura comunicativa; el objetivo no es expulsarlas de la vida de los menores, sino enseñar a usarlas sin quedar atrapados por sus dinámicas más adictivas.

¿Qué aportan las leyes?
Los marcos con edades mínimas y verificación de identidad en países como Portugal dibujan límites útiles y obligan a las plataformas a responsabilizarse. Aun así, ninguna norma legisla la adquisición de criterio: cómo gestionar la presión del grupo, salir de conversaciones incómodas o pedir ayuda. Por eso, la regulación debería verse como base necesaria, mientras la eficacia real depende del acompañamiento en casa y de la educación formal.
Mensajería ≠ feed: separar usos para decidir mejor
No todo “lo social” opera igual. Los canales conversacionales (mensajería con familia o amistades) cumplen una función distinta del feed algorítmico, diseñado para maximizar tiempo de pantalla. Las políticas públicas y las reglas domésticas resultan más eficaces cuando priorizan comunicación útil y frenan el scroll infinito. Esta distinción permite proteger lo que aporta valor y contener lo que captura atención sin beneficio formativo.
Alfabetización antes que veto: medidas que marcan diferencia
Contrato digital breve y firmado: qué se publica, cuándo se usa y cómo actuar si surge un problema. No sanciona: anticipa y aclara expectativas.
Privacidad por defecto: perfil privado, geolocalización desactivada y aprobación individual de seguidores.
Notificaciones bajo control: fuera los “me gusta”, sugerencias y avisos promocionales; se mantienen solo los mensajes de contactos.
Ventanas de uso cortas y ausencia de dispositivo en el dormitorio durante la noche.
Regla de los 3 filtros antes de publicar: ¿resistirá el paso del tiempo?, ¿es apto para el entorno escolar?, ¿se comparte sin incomodidad en casa?
Plan de salida entrenado: capturar pantalla, salir, bloquear, reportar y comunicar a un adulto. Ensayado, no solo explicado.
Papel de la escuela: foco sin renunciar a la competencia digital
Las medidas de aula sin smartphone mejoran la convivencia y devuelven atención; son compatibles con una enseñanza explícita sobre huella digital, verificación de fuentes, ciberacoso y consentimiento. La formación técnica y ética en el centro educativo se complementa con hábitos y autocontrol en el hogar. Cuando ambos frentes actúan coordinados, se reduce el conflicto y se gana tiempo de calidad fuera de pantalla.
Responsabilidades para las plataformas
- Instagram: cuenta privada; aprobación manual de seguidores; “palabras ocultas” para filtrar insultos y enlaces; límites diarios de uso y silencio nocturno.
- TikTok: “Sincronización familiar” para tiempo y visibilidad; mensajes solo con “amigos”; restringir duetos/descargas de desconocidos.
- YouTube / Shorts: recordatorios de descanso; restricción por edad cuando proceda; moderación de comentarios y control de recomendaciones.
- Mensajería (p. ej., WhatsApp): foto/estado solo para contactos; verificación en dos pasos; aprobación para añadir a grupos; evitar enlaces de invitación abiertos.
La combinación más sólida es marco legal + diseño responsable + alfabetización constante. En la práctica, eso se traduce en privacidad por defecto, notificaciones al mínimo, ventanas de uso claras, contrato digital y acompañamiento real. Esa arquitectura no necesita un apartado final para declararse: se demuestra en el día a día.
